II. La humildad como verdad y como servicio en san Francisco de Asís

I. Francisco de Asís y la reforma de la Iglesia por la vía de la santidad
II. La humildad como verdad y como servicio en san Francisco de Asís
III. El misterio de la encarnación contemplado con los ojos de Francisco de Asís

por Raniero Cantalamessa, OFMCap,
Predicador de la Casa Pontificia
(6, 13 y 20 de diciembre de 2013)

En el Adviento de 2013, los días 6, 13 y 20 de diciembre, el papa Francisco, junto con la Curia Romana, asistió, en la Capilla Redemptoris Mater del Vaticano, a las predicaciones pronunciadas por el P. Raniero Cantalamessa, capuchino, predicador de la Casa Pontificia. Ofrecemos a continuación el texto de las tres meditaciones, tomado de los sitios:
http://www.cantalamessa.org/
http://www.zenit.org/

J. Benlliure: Francisco despreciado en Asís

 II Predicación de Adviento (13-XII-2013)
LA HUMILDAD COMO VERDAD Y COMO SERVICIO
EN SAN FRANCISCO DE ASÍS

por Raniero Cantalamessa, OFMCap

1. HUMILDAD OBJETIVA Y HUMILDAD SUBJETIVA

Francisco de Asís, como hemos visto en la predicación anterior, es la demostración viviente de que la reforma más útil de la Iglesia es la de la vía de la santidad, que consiste siempre en un regreso valiente al Evangelio, y que debe comenzar por uno mismo.

En esta segunda meditación quisiera profundizar sobre un aspecto del regreso al Evangelio, una virtud de Francisco a la que el mundo no aspira en absoluto, o muy pocos lo hacen, pero que en cambio es la raíz de la que brotaron en él aquellos otros valores tan apreciados: su humildad. Según Dante Alighieri, toda la gloria de Francisco depende de su "haberse hecho pequeño", es decir de su humildad (Paraíso XI, 111). ¿Pero en qué consistió la proverbial humildad de san Francisco?

En todas las lenguas, a través de las cuales ha pasado la Biblia para llegar hasta nosotros, es decir, en hebreo, en griego, en latín, en italiano, en castellano, la palabra "humildad" tiene dos significados fundamentales: uno objetivo que indica bajeza, pequeñez o miseria de hecho, y uno subjetivo que indica el sentimiento y reconocimiento que se tiene de la propia pequeñez. Este último es lo que entendemos por virtud de la humildad.

Cuando en el Magníficat María dice: «Ha mirado la humildad (tapeinosis) de su esclava», entiende la humildad en sentido objetivo, ¡no subjetivo! Por esto muy oportunamente en distintas leguas, por ejemplo en alemán, el término es traducido por "pequeñez" (Niedrigkeit). ¿Cómo se puede imaginar, por lo demás, que María exalte su humildad [virtud] y atribuya a ésta la elección de Dios, sin, con eso mismo, destruir la su humildad? Sin embargo, se ha escrito a veces incautamente que María no se atribuye ninguna virtud más que la de la humildad, como si de esa manera se hiciese un gran honor y no un gran mal a tal virtud.

La virtud de la humildad tiene un estatuto muy especial: la tiene quien no cree tenerla, no la tiene quien cree tenerla. Solo Jesús puede declararse "humilde de corazón" y serlo verdaderamente; como veremos, ésta es la única e irrepetible característica de la humildad del hombre-Dios. Por tanto, ¿María no tenía la virtud de la humildad? Claro que la tenía y en grado sumo, pero esto lo sabía solo Dios, ella no. Esto precisamente es lo que constituye el mérito inigualable de la verdadera humildad: que su perfume lo percibe solo Dios, no quien lo emana. San Bernardo escribió: «El verdadero humilde es aquel que quiere ser considerado vil, no proclamado humilde».

La humildad de Francisco, como veremos en la florecilla de fray Maseo, es precisamente de este tipo: él no se consideraba humilde, sino vil. En efecto, las Florecillas, con su lenguaje encantador, refieren en relación con esto un episodio significativo y, en el fondo, ciertamente histórico:

«Un día, al volver san Francisco del bosque, donde había ido a orar, el hermano Maseo quiso probar hasta dónde llegaba su humildad; le salió al encuentro y le dijo en tono de reproche:
-- ¿Por qué a ti? ¿Por qué a ti? ¿Por qué a ti?
-- ¿Qué quieres decir con eso? -repuso San Francisco.
Y el hermano Maseo:
-- Me pregunto ¿por qué todo el mundo va detrás de ti y no parece sino que todos pugnan por verte, oírte y obedecerte? Tú no eres hermoso de cuerpo, no sobresales por la ciencia, no eres noble, y entonces, ¿por qué todo el mundo va en pos de ti?
Al oír esto, san Francisco sintió una grande alegría de espíritu (...), se dirigió al hermano Maseo y le dijo:
-- ¿Quieres saber por qué a mí? ¿Quieres saber por qué a mí? ¿Quieres saber por qué a mí viene todo el mundo? Esto me viene de los ojos del Dios altísimo, que miran en todas partes a buenos y malos, y esos ojos santísimos no han visto, entre los pecadores, ninguno más vil ni más inútil, ni más grande pecador que yo...» (Flor 10).

La pregunta se plantea hoy con mucha más razón que en tiempo de fray Maseo. En aquel tiempo el mundo que iba detrás de Francisco era el limitado mundo de Umbría y de Italia central; ahora es literalmente todo el mundo, con frecuencia también el mundo no creyente o de los creyentes de otras religiones. La respuesta del Pobrecillo a fray Maseo era sincera, pero no era la verdadera. En realidad, todo el mundo admira y queda fascinado por la figura de Francisco porque ve realizados en él los valores a que todos los hombres aspiran: la libertad, la paz consigo mismo y con la creación, la alegría, la fraternidad universal.

2. LA HUMILDAD COMO VERDAD

La humildad de Francisco tiene dos fuentes de iluminación, una de naturaleza teológica y otra de naturaleza cristológica. Reflexionemos sobre la primera. En la Biblia encontramos actos de humildad que no parten del hombre, de la consideración de la propia miseria o del propio pecado, sino que tienen como única razón a Dios y su santidad. Tal es la exclamación de Isaías: «Soy un hombre de labios impuros», frente a la manifestación imprevista de la gloria y de la santidad de Dios en el templo (Is 6,5-6); tal es también el grito de Pedro después de la pesca milagrosa: «¡Apártate de mí que soy un hombre pecador!» (Lc 5,8).

Estamos ante la humildad esencial, la de la criatura que toma conciencia de sí misma en presencia de Dios. Mientras la persona se mida consigo misma, con los otros o con la sociedad, no tendrá nunca la idea exacta de lo que es; le falta la medida. «¡Qué acento infinito -ha escrito Kierkegaard- cae sobre el yo en el momento en que alcanza tener como medida a Dios».

Francisco poseía de forma eminente esta humildad. Una máxima que repetía a menudo era esta: «Cuanto es el hombre delante de Dios, tanto es y no más» (Adm 19,2; cf. LM 6,1).

Las Florecillas cuentan que una noche el hermano León quiso espiar de lejos lo que hacía Francisco durante su oración nocturna en el bosque del monte Alverna, y de lejos le oía murmurar largo rato algunas palabras. Al día siguiente el santo lo llamó y, después de reprenderlo amablemente por haber desobedecido su orden, le reveló el contenido de su oración:

«Has de saber, hermano ovejuela de Jesucristo, que, cuando yo decía las palabras que tú escuchaste, mi alma era iluminada con dos luces: una me daba la noticia y el conocimiento del Creador, la otra me daba el conocimiento de mí mismo. Cuando yo decía: "¿Quién eres tú, dulcísimo Dios mío?", me hallaba invadido por una luz de contemplación, en la cual yo veía el abismo de la infinita bondad, sabiduría y omnipotencia de Dios. Y cuando yo decía: "¿Quién soy yo", etc., la otra luz de contemplación me hacía ver el fondo deplorable de mi vileza y miseria» (Consideraciones sobre las llagas, III).

Era lo que pedía a Dios san Agustín y que consideraba como la suma de toda la sabiduría: «Noverim me, noverim te. Que me conozca a mí y que te conozca a ti; que me conozca a mí para humillarme y que te conozca a ti para amarte».

El episodio del hermano León está ciertamente adornado, como sucede siempre en las Florecillas, pero el contenido corresponde perfectamente a la idea que Francisco tenía de sí y de Dios. Prueba de ello es el inicio del Cántico de las criaturas, con la distancia infinita que pone entre Dios «altísimo, omnipotente, buen Señor», a quien se deben «las alabanzas, la gloria, el honor y toda bendición», y el mísero mortal que no es digno ni siquiera de "nombrar" a Dios, es decir, de pronunciar su nombre:

«Altísimo, omnipotente, buen Señor,
tuyas son las alabanzas, la gloria y el honor y toda bendición.
A ti solo, Altísimo, corresponden,
y ningún hombre es digno de hacer de ti mención» (Cánt 1-2).

En esta luz, que he llamado teológica, la humildad se nos aparece esencialmente como verdad. Escribe santa Teresa de Ávila: «Una vez estaba yo considerando por qué razón era nuestro Señor tan amigo de esta virtud de la humildad, y púsoseme delante -a mi parecer sin considerarlo, sino de presto- esto: que es porque Dios es suma Verdad, y la humildad es andar en verdad».

Es una luz que no humilla, sino que, al contrario, da alegría inmensa y exalta. Ser humildes en efecto no significa estar descontentos de sí mismos y ni siquiera reconocer la propia miseria y la propia pequeñez. Es mirar a Dios antes que a sí mismo y medir el abismo que separa lo finito de lo infinito. Cuanto más se da uno cuenta de esto, más se hace humilde. Entonces se comienza incluso a regocijarse uno de la propia nada, ya que gracias a esto se puede ofrecer a Dios un rostro cuya pequeñez y miseria ha fascinado desde la eternidad el corazón de la Trinidad.

Una gran discípula del Pobrecillo, que el papa Francisco ha proclamado santa hace poco, Ángela da Foligno, cercana a la muerte exclamó: «¡Oh nada desconocida, oh nada desconocida! En verdad el alma no puede tener mejor visión en este mundo que contemplar la propia nada y habitar en ella como en la celda de una cárcel».

Hay un secreto en este consejo, una verdad que se experimenta probando. Se descubre entonces que existe de verdad esa celda y que de verdad se puede entrar en ella siempre que se quiera. Consiste en el sentimiento quieto y tranquilo de ser una nada delante de Dios, ¡pero una nada amada por él!

Cuando se está dentro de la celda de esta cárcel luminosa, no se ven ya los defectos del prójimo, o se ven con otra luz. Se entiende que es posible, con la gracia y con el ejercicio, realizar lo que dice el Apóstol y que parece, a primera vista, excesivo, es decir, «considerar a todos superiores a uno mismo» (cf. Flp 2,3), o al menos se comprende cómo eso ha sido posible para los santos

Cerrarse en esa cárcel es completamente distinto de cerrarse en sí mismo; es abrirse a los otros, al ser, a la objetividad de las cosas. Lo contrario de lo que siempre han pensado los enemigos de la humildad cristiana. Es cerrarse al egoísmo, y no en el egoísmo. Es la victoria sobre uno de los males que también la psicología moderna juzga perjudicial para la persona humana: el narcisismo. En esa celda, además, no penetra el enemigo. Un día, san Antonio el Grande tuvo una visión; vio, en un instante, todos los lazos infinitos del enemigo desplegados por tierra y dijo gimiendo: «¿Quién podrá evitar todos estos lazos?», y escuchó una voz que le respondía: «¡Antonio, la humildad!».

«Nada -escribe el autor de la Imitación de Cristo- conseguirá hacer exaltarse a aquel que está fijado firmemente en Dios».

2. LA HUMILDAD COMO SERVICIO DE AMOR

Hemos hablado de la humildad como la verdad de la criatura ante de Dios. Paradójicamente, sin embargo, lo que más llena de estupor el alma de Francisco no es la grandeza de Dios, sino su humildad. En las Alabanzas del Dios Altísimo, escritas de su puño y letra y que se conservan en Asís, entre las perfecciones de Dios -«Tú eres santo... Tú eres fuerte... Tú eres trino y uno... Tú eres amor, caridad; tú eres sabiduría...»-, en un cierto momento Francisco añade una insólita: «Tú eres humildad». No es un título puesto allí por equivocación. Francisco ha captado una verdad profundísima sobre Dios que debería llenarnos de estupor también a nosotros.

Dios es humildad porque es amor. Frente a las criaturas humanas, Dios se encuentra desprovisto de toda capacidad no sólo coactiva, sino también defensiva. Si los seres humanos eligen, como han hecho, rechazar su amor, él no puede intervenir autoritariamente para imponerse a ellos. No puede hacer otra cosa que respetar la libre elección de los hombres. El hombre podrá rechazarlo, eliminarlo: Él no se defenderá, dejará hacer. O mejor, su manera de defenderse y de defender a los hombres contra su propio aniquilamiento, será la de amar una vez más y siempre, eternamente. El amor crea por su naturaleza dependencia y la dependencia humildad. Así es también, misteriosamente, en Dios.

El amor nos da por tanto la clave para entender la humildad de Dios: se necesita poca potencia para figurar o exhibirse, en cambio se necesita mucha para ponerse a un lado, para anularse. Dios es esta potencia ilimitada de ocultación de sí y como tal se revela en la encarnación. La manifestación visible de la humildad de Dios se tiene contemplando a Cristo que se pone de rodillas delante de sus discípulos para lavarles los pies -y podemos imaginarnos que eran pies sucios-, y aún más cuando, reducido a la impotencia más radical en la cruz, sigue amando, sin condenar nunca.

Francisco captó este nexo estrecho entre la humildad de Dios y la encarnación. He aquí algunas de sus palabras ardientes:

«Ved que diariamente se humilla, como cuando desde el trono real vino al útero de la Virgen; diariamente viene a nosotros él mismo apareciendo humilde; diariamente desciende del seno del Padre sobre el altar en las manos del sacerdote» (Adm 1,16-18).

«¡Oh humildad sublime! ¡Oh sublimidad humilde, pues el Señor del universo, Dios e Hijo de Dios, de tal manera se humilla, que por nuestra salvación se esconde bajo una pequeña forma de pan! Ved, hermanos, la humildad de Dios y derramad ante él vuestros corazones» (CtaO 27-28).

Hemos descubierto así el segundo motivo de la humildad de Francisco: el ejemplo de Cristo. Es el mismo motivo que Pablo indicaba a los Filipenses cuando les recomendaba tener los sentimientos propios de Cristo Jesús que «se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte" (Flp 2,5.8). Antes de Pablo, fue Jesús personalmente quien invitó a los discípulos a imitar su humildad: «Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11,29).

Podríamos preguntarnos: ¿en qué nos dice Jesús que imitemos su humildad? ¿En qué fue humilde Jesús? Hojeando los evangelios no encontramos ni la más mínima admisión de culpa en boca de Jesús, ni cuando conversa con los hombres, ni cuando conversa con el Padre. Esta es, dicho sea como inciso, una de las pruebas más recónditas pero también más convincentes de la divinidad de Cristo y de la absoluta unicidad de su conciencia. En ningún santo, en ningún grande de la historia y en ningún fundador de religión, se encuentra una tal conciencia de inocencia.

Todos reconocen, más o menos, haber cometido algún error y tener algo de qué hacerse perdonar, al menos por Dios. Gandhi, por ejemplo, tenía una conciencia muy aguda de haber adoptado en algunas ocasiones posiciones equivocadas; tenía también sus remordimientos. Jesús nunca. Él pudo decir dirigiéndose a sus adversarios: «¿Quién de vosotros puede acusarme de pecado?» (Jn 8,46). Jesús proclama que es "Maestro y Señor" (cf. Jn 13,13), que es más que Abrahán, que Moisés, que Jonás, que Salomón. ¿Dónde está por tanto la humildad de Jesús para poder decir: «¿Aprended de mí que soy humilde?».

Aquí descubrimos una cosa importante. La humildad no consiste principalmente en ser pequeños, porque se puede ser pequeños sin ser humildes; no consiste principalmente en sentirse pequeños, porque uno pude sentirse pequeño y serlo realmente y esto sería objetividad, pero aún no humildad; sin contar que el sentirse pequeño e insignificante puede nacer también de un complejo de inferioridad y llevar a un replegarse sobre sí mismo y a la desesperación más que a la humildad. Por tanto la humildad, de suyo, en el grado más perfecto, no está en el ser pequeños, no está en sentirse pequeños, o proclamarse pequeños. Está en el hacerse pequeño, y no por alguna necesidad o utilidad personal, sino por amor, para "elevar" a los demás.

Así fue la humildad de Jesús; él se hizo tan pequeño que se "anonadó" sin más por nosotros. La humildad de Jesús es la humildad que desciende de Dios y tiene su modelo supremo en Dios, no en el hombre. En la posición en que se encuentra, Dios no puede "elevarse"; nada existe por encima de él. Si Dios sale de sí mismo y hace algo fuera de la Trinidad, esto no podrá ser más que un abajarse y hacerse pequeño; no podrá ser, en otras palabras, más que humildad o, como decían algunos Padres griegos, synkatabasis, o sea, condescendencia.

San Francisco hace de la "hermana agua" el símbolo de la humildad, definiéndola "útil, humilde, preciosa y casta". El agua en efecto nunca se "eleva", nunca "asciende", sino que "desciende" siempre, hasta que alcanza el punto más bajo. El vapor sube y por eso es el símbolo tradicional del orgullo y de la vanidad; el agua desciende y por eso es símbolo de la humildad.

Ahora sabemos qué quiere decir la palabra de Jesús: «Aprended de mí que soy humilde». Es una invitación a hacernos pequeños por amor, a lavar, como él, los pies de los hermanos. Pero en Jesús vemos además la seriedad de esta opción. No se trata en efecto de descender y hacerse pequeño de tanto en tanto, como un rey que, en su generosidad, de vez en cuando se digna descender entre el pueblo y quizás servirlo también en alguna cosa. Jesús se hizo "pequeño", como "se hizo carne", o sea, establemente, hasta el extremo. Eligió pertenecer a la categoría de los pequeños y de los humildes.

Este nuevo rostro de la humildad se resume en una palabra: servicio. Cierto día -se lee en el Evangelio- los discípulos habían discutido entre ellos quién era "el más grande". Entonces Jesús "se sentó" -como para dar mayor solemnidad a la lección que iba a impartir-, llamó a los Doce y les dijo: «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos» (Mc 9,35). Quien quiera ser el "primero" sea al "último", es decir, que descienda, que se abaje. Pero inmediatamente después explica qué entiende por "último": que sea el "siervo" de todos. La humildad proclamada por Jesús es por tanto servicio. En el Evangelio de Mateo esta lección de Jesús es corroborada con un ejemplo: «Igual que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir» (Mt 20,28).

4. UNA IGLESIA HUMILDE

Algunas consideraciones prácticas sobre la virtud de la humildad tomada en todas sus manifestaciones, es decir, tanto en comparación con Dios como en comparación con los hombres. No debemos engañarnos creyendo que hemos alcanzado la humildad sólo porque la palabra de Dios nos ha llevado a descubrir nuestra nada y nos ha mostrado que debe traducirse en servicio fraterno. A qué punto hayamos llegado en materia de humildad, se ve cuando la iniciativa pasa de nosotros a los otros, o sea, cuando ya no somos nosotros los que reconocemos nuestros defectos y equivocaciones, sino que son los otros quienes lo hacen; cuando no sólo somos capaces de decirnos la verdad, sino también de dejar de buen grado que nos la digan los otros. Antes de reconocerse ante fray Maseo como el más vil de los hombres, Francisco había aceptado, de buen grado y por mucho tiempo, que se burlaran de él, que amigos, parientes y todo el pueblo de Asís lo considerara como un ingrato, un exaltado, uno que no había hecho nada de bueno en su vida.

En qué punto estemos en la lucha contra el orgullo, se ve, en otras palabras, por el modo como reaccionamos, externa o internamente, cuando nos contradicen, corrigen, critican, o nos dejan de lado. Pretender matar el propio orgullo golpeándolo nosotros solos, sin que nadie intervenga desde fuera, es como usar el propio brazo para castigarse uno mismo: nunca nos hará verdaderamente daño. Es como si un médico quisiera extirparse él solo un tumor.

Cuando busco recibir gloria de un hombre por algo que digo o hago, es casi seguro que aquel a quien tengo delante busca recibir gloria de mí por cómo escucha y cómo responde. Y así sucede que cada uno busca su propia gloria y nadie la obtiene, y si acaso la obtiene no es más que "vanagloria", o sea, gloria vacía, destinada a disolverse en humo con la muerte. Pero el efecto es igualmente terrible; Jesús atribuía a la búsqueda de la propia gloria sin más la imposibilidad de creer. Les decía a los fariseos: «¿Cómo podréis creer vosotros, que aceptáis gloria unos de otros y no buscáis la gloria que viene del único Dios?» (Jn 5,44).

Cuando nos encontremos enzarzados en pensamientos y aspiraciones de gloria humana, echemos en la refriega de tales pensamientos, como una antorcha ardiente, la palabra que Jesús mismo usó y que nos dejó a nosotros: «Yo no busco mi gloria» (Jn 8,50). La lucha de la humildad es una lucha que dura toda la vida y se extiende a todos los aspectos de la misma. El orgullo es capaz de nutrirse tanto del mal como del bien; más aún, a diferencia de lo que sucede con los otros vicios, el bien, no el mal, es el terreno de cultivo preferido por este terrible "virus". Escribe agudamente el filosofo Pascal:

«La vanidad tiene raíces tan profundas en el corazón del hombre que un soldado, un siervo de milicias, un cocinero, un cargador, se jacta de tener sus admiradores y pretende tenerlos, y los mismos filósofos también los quieren. Y los que escriben contra la vanagloria aspiran a la gloria de haber escrito bien, y quienes los leen a la gloria de haberlos leído; y yo, que escribo esto, nutro quizás el mismo deseo; y aquellos que me leerán quizás también».

Para que el hombre no "monte en soberbia", de ordinario Dios lo sujeta al suelo con una especie de ancla; le pone al lado, como a san Pablo, un «emisario de Satanás que lo abofetea», «una espina en la carne» (2 Cor 12,7). No sabemos exactamente qué era para el apóstol esta «espina en la carne», ¡pero sabemos bien lo que es para nosotros! Todo el que quiere seguir al Señor y servir a la Iglesia la tiene. Son situaciones humillantes que nos remiten constantemente, tal vez día y noche, a la dura realidad de lo que somos. Puede ser un defecto, una enfermedad, una debilidad, una impotencia, que el Señor nos deja, a pesar de todas las súplicas; una tentación persistente y humillante, quizás precisamente una tentación de soberbia; una persona con la que uno está obligado a vivir y que, a pesar de la rectitud de ambas partes, tiene el poder de poner al desnudo nuestra fragilidad, de demoler nuestra presunción y hacernos perder la calma.

Pero la humildad no es sólo una virtud privada. Hay una humildad que debe resplandecer en la Iglesia como institución y pueblo de Dios. Si Dios es humildad, también la Iglesia debe ser humildad; si Cristo sirvió, también la Iglesia debe servir, y servir por amor. Durante demasiado tiempo la Iglesia, en su conjunto, ha representado ante el mundo la verdad de Cristo, pero tal vez no suficientemente la humildad de Cristo. Y sin embargo, con ésta, mejor que con cualquier apologética, es como se aplacan las hostilidades y los prejuicios en su contra y se allana la vía para la acogida del Evangelio.

Hay en Los Novios de Manzoni un episodio que encierra una profunda verdad psicológica y evangélica. El capuchino fray Cristóbal, terminado el noviciado, decide pedir perdón públicamente a los parientes del hombre al que, antes de hacerse fraile, había matado en un duelo. La familia se despliega en fila, formando una especie de horcas caudinas, de manera que el gesto resulte lo más humillante posible para el fraile y de la mayor satisfacción para el orgullo de la familia. Pero cuando ven al joven fraile avanzar con la cabeza inclinada, arrodillarse ante el hermano del muerto y pedir perdón, cede la arrogancia, son ellos los que se sienten confundidos y los que piden perdón, hasta que al final todos lo rodean para besarle la mano y encomendarse a sus oraciones.

Son los milagros de la humildad.

En el profeta Sofonías dice Dios: «Dejaré en medio de ti un resto, un pueblo humilde y pobre que buscará refugio en el nombre del Señor» (Sof 3,12). Esta palabra todavía es actual y quizás también de ella dependerá el éxito de la evangelización en que la Iglesia está empeñada.

Ahora soy yo quien, antes de terminar, debo recordarme a mí mismo una máxima muy querida por san Francisco. Solía repetir:

«El emperador Carlos, Rolando y Oliverio y todos los paladines (...) consiguieron una victoria gloriosa y memorable (...). Son muchos los que ahora buscan el honor y la alabanza de los hombres por la sola narración de estas gestas que aquéllos realizaron». Por eso, escribió la explicación de estas palabras en sus admoniciones, en las que dice: «Los santos hicieron las obras, y nosotros, con narrarlas y predicarlas, queremos recibir honor y gloria» (LP 103; Adm 6,3).

Para no ser también yo uno de ellos, me esfuerzo por poner en práctica el consejo que un antiguo Padre del desierto, Isaac de Nínive, daba a quien tiene la obligación de hablar de las cosas espirituales que aún no ha alcanzado con su vida: «Habla de ellas -decía- como uno que pertenece a la clase de los discípulos y no con autoridad, tras haber humillado tu alma y haberte hecho más pequeño que todos tus oyentes».

Con este espíritu, Santo Padre, Venerables Padres, hermanos y hermanas, he osado hablarles de la humildad.