¡Qué Navidad tan especial!

Tras una inquietante búsqueda, se dio cuenta de que había algo en él que seguía siendo suyo y que nadie podía tocar ni quitárselo: su alma, su espíritu. Allí sólo entraba él y también Dios.

Por: Marcelino de Andrés | Fuente:





Eran cerca de las seis y media de la tarde. Un Ford Gran Marquís negro último modelo salió de un estacionamiento subterráneo entrando en la gran avenida. A través de las impecables ventanas laterales de cristal polarizado se alcanzaba a ver a Don Manuel que tras acomodarse el cinturón de seguridad, seleccionaba con el mando a distancia el compac de su música preferida. Dos camionetas blancas que hasta ese momento habían estado paradas cerca de la salida del garaje, se pusieron en marcha detrás de él.

A ambos lados de la calle las aceras vestían largas alfombras rojas y verdes. De muchos balcones colgaban collares de luces de colores y algunos ventanales lucían diademas fluorescentes. Pequeños abetos adornados de esferas luminosas y tiras doradas y plateadas escoltaban la entrada de la mayoría de los negocios. La Navidad era inminente.

Don Manuel se llevó a la boca un caramelo de menta y observaba complacido la cuidad engalanada para las fiestas. En un determinado momento, giró a la derecha y entró en un callejón que desembocaba en una antigua carretera casi en desuso y muy descuidada que conducía al otro lado de la ciudad atravesando un descampado. Cuando el tráfico se hacía pesado, solía él tomar ese atajo para ahorrarse tiempo y algunos nervios... Esta vez también lo hizo. Las dos camionetas realizaron la misma maniobra. Fue entonces cuando Don Manuel se percató de que lo estaban siguiendo. Bajó un poco el volumen de la música y trató de mantener la calma.

En pleno campo, una de las camionetas adelantó bruscamente al coche y frenó en seco unos metros más adelante en medio de la carretera. Don Manuel apenas tuvo tiempo de detener su automóvil cuando la otra camioneta le golpeó por detrás con la defensa. Al volverse, vio que dos hombres armados con el rostro cubierto se apeaban del furgón. Se enderezó desabrochándose el cinturón de seguridad y al abrir la puerta, ya tenía otro individuo encapuchado apuntándole en la sien con una pistola. -Salga del coche ahora mismo. Y no haga tonterías si no quiere que le haga saltar la tapa de los sesos. -Don Manuel obedeció sin oponer la menor resistencia.

Le vendaron los ojos y la boca, le ataron fuertemente las manos por la espalda y lo arrojaron en la parte de atrás de una de las camionetas cubriéndolo con una lona verde. Estuvieron dando vueltas por más de tres horas. Don Manuel estaba bocabajo con la cara contra la lámina del suelo que temblaba ruidosamente. En su interior aún se mantenía relativamente sereno. No sabía aún si aquellos hombres, al secuestrarlo, querían algo más que dinero. Por primera vez en su vida experimentó que estaba en manos de otros y que podían hacer con él lo que les diese la gana. Y se sintió absolutamente impotente para evitarlo.

Por fin se detuvieron. Entre dos lo condujeron a empujones a los sótanos de un gran edificio que parecía una fábrica abandonada. Con una navaja le rasgaron y quitaron toda su ropa. Luego le hicieron descender a un foso de cemento de unos cuatro metros de profundidad, dos de ancho y tres y medio de largo aproximadamente. Allí lo encerraron después de haberle desatado las manos y quitado las vendas de los ojos y de la boca.

Esa noche, Susana, la esposa de Don Manuel, al ver que eran ya las ocho y media y que su marido aún no regresaba a casa, comenzó a preocuparse. Él solía llegar sobre las siete y cuando surgía algún imprevisto, siempre llamaba para avisar su retraso. Esta vez nadie había llamado y por más recados que ella le había dejado en su teléfono celular, no se había reportado aún. Esperó hasta las doce cuarenta y cinco y decidió avisar a la policía.

Por la preocupación y la angustia Susana pasó la noche sin poder pegar ojo. Dando vueltas en la cama, esperaba la llamada de teléfono que nunca llegó y anhelaba oír el timbre de la puerta que nadie tocó. A la mañana siguiente, 23 de diciembre, no quiso decir nada a sus tres hijos para que no se alarmaran. Les preparó el desayuno como de costumbre, al que acudieron todos puntualmente. Una vez en la mesa, Pilar, la más pequeña, de cinco años, preguntó dónde estaba papá. La madre salió al paso respondiendo con voz insegura que había tenido que salir temprano a hacer algunas compras para la Navidad. Todos parecieron quedar conformes con la respuesta.

Después de desayunar, cada uno se fue con normalidad a sus cosas. Pedro, el mayor, de nueve años, salió al jardín llevando consigo su coche teledirigido. Pilar se fue con Yolanda, de siete años, al salón de estar para seguir coloreando unos dibujos de tema navideño que había comenzado a hacer en el colegio. Susana, sin esperar a que llegara la chica del servicio, se puso ella misma a recoger y limpiar la vajilla del desayuno; más que nada para hacer algo y así matar un poco los nervios.

A eso de las 11.30 sonó el teléfono. Contestó Susana. Podía oírsele el pulso de lo excitada que estaba.

-Sí, buenos días.

-¿Es usted la mujer de Don Manuel? -preguntó una voz ronca y deformada pero lo suficientemente clara.

-Sí, soy yo. ¿Quién es usted? ¿Dónde está mi esposo, qué han hecho con él? -respondió ella vivamente agitada.

-Su marido, por el momento está vivo. Pero si el día 6 de enero no nos entrega veinte millones de dólares en efectivo, nunca volverá a verlo. El día 5 volveré a llamarla para decirle la hora y el lugar donde deberá depositar el dinero y recoger a su marido. -Y en ese momento se cortó la comunicación.

Susana colgó el teléfono. Estaba temblando de pies a cabeza como una hoja en día de vendaval. Se dejó caer en una silla. Con los ojos cerrados apretaba los puños y se mordía los labios haciendo un tremendo esfuerzo por no romper a llorar desesperada.

La primera noche sepultado aquel agujero Don Manuel la pasó también en vela. Cansado de caminar como león enjaulado para combatir el frío, se sentó apoyando la espalda desnuda en la pared de cemento armado. Su pensamiento, preocupado poco antes por mil y una cosas, iba poco a poco cogiendo profundidad. Después de haber hecho recuento de lo que hacía unas horas le parecía ser suyo, se preguntaba ahora qué le quedaba. Le habían despojado de todo (hasta de su ropa) y en aquel diminuto espacio no había más que cemento. Sin vestido, sin dinero, sin posibilidad de comunicarse con conocidos y amigos, sin nadie, sin su esposa y sus hijos... No sabía si volvería a verlos...

Además, nunca como ahora la posibilidad de la muerte se le hizo tan cercana y posible. Sabía que sus secuestradores podían matarlo en cualquier momento. Aquel hoyo de hormigón podía convertirse en su sarcófago. Y se cuestionaba si le quedaba algo que aún poseyese. Y tras una inquietante búsqueda, se dio cuenta de que había algo en él que seguía siendo suyo y que nadie podía tocar ni quitárselo: su alma, su espíritu. Aquello sí era suyo. Lo único íntimamente suyo. Allí sólo entraba él y también Dios.

Esa certeza maravillosa de saber que nadie podía raptar su alma y que en ella tenía a Dios, le inundó interiormente de paz y confianza. Se reavivó en él un fuego íntimo que hasta le hizo dejar de sentirse atenazado por la baja temperatura de aquel lugar. A la luz de esta profunda experiencia comenzaron a redimensionarse todos los valores de su vida. ¿Qué es lo que cuenta al final? ¿Qué es lo que queda? ¿Qué es lo que realmente vale? ¿De qué preocuparse si se tiene el alma a salvo? ¿A quién se ha de temer si se tiene a Dios? Esas preguntas le surcaban la mente y se le incrustaban en el alma inyectándole vigor y esperanza.

Así, enfrascado en esas consideraciones que fortalecían su ánimo, se le fue toda la noche y parte de la mañana. No podía saber la hora que era, pues le habían quitado el reloj y en aquel foso no penetraba ni un solo rayo de luz natural. Estaba constantemente iluminado por una potente luz eléctrica que hacía daño a los ojos cuando se la miraba directamente. Calculaba el paso del tiempo por las reacciones del propio organismo.
Alguien, entonces, abrió una pequeña compuerta que había en el techo y dejó caer un bulto. Contenía una esterilla de paja trenzada, una manta y algunos alimentos. Eso le hizo pensar a Don Manuel que al menos por ahora no tenían previsto dejarle morir de hambre o de frío...

Susana, tras los primeros instantes bajo el shock de la noticia, había empezado a moverse. Contactó a los servicios especializados de la policía, se aconsejó y pidió ayuda a algunos de sus conocidos más allegados y de mayor confianza. En todos halló apoyo y cercanía desinteresada.

La noche del 23 de diciembre, a la hora de la cena, decidió dar a sus hijos la tremenda noticia. Sin poder esconder su conmoción les dijo:

-A ver, niños. Poned un momento de atención. Tengo que comunicaros algo muy triste. Papá va a tardar en volver. No fue de compras, sino que algunas personas malas se lo han llevado a la fuerza y lo tienen escondido. Y no lo dejarán salir hasta que les demos el dinero que nos piden. Papá en estos momentos estará pensando en nosotros y querría vernos muy fuertes y sin perder la esperanza. No vamos a defraudar a papá. -Se le soltaron las lágrimas y aguardó un momento antes de continuar. -Vamos a rezar mucho por él y por las personas que lo han secuestrado para que todo acabe bien y pueda estar pronto de nuevo en casa. Dios le estará ayudando a él y nos ayudará también a nosotros.

Los tres pequeños rompieron también a llorar (sobre todo por verla llorar a ella) y su madre tuvo que volver a intervenir:

-No, mis hijos, tenemos que hacer el esfuerzo por no llorar. Si papá nos viera así, sufriría mucho más aún. Vamos a ser fuertes por él. ¿De acuerdo?

Cada uno, siguiendo el ejemplo de su mamá, se enjugó como pudo las lágrimas tratando de dominarse para seguir cenando.

Llegó la noche de Navidad. Don Manuel, sentado sobre la manta y con la nuca apoyada en la pared, voló con su imaginación a la casa de sus padres. Allí, desde hacía algunos años, solía pasar la Navidad él, su esposa y sus hijos. Le pareció verlos de nuevo celebrando esa fiesta tan entrañable, pero pensó que no la estarían disfrutando como otras veces. En los semblantes de todos se notaría un marcado aire de tristeza y preocupación. Y sabía que él y su situación eran la causa de ello. Su amor le llevaba a sufrir más por sus seres queridos que por él mismo. Uno a uno hizo pasar sus rostros por su memoria. Por primera vez sintió el peso casi insoportable de no haberles amado todo lo que hubiera podido. La nostalgia comenzó a levantarse incontenible como ventisca que amenazaba congelar su corazón.

-¡No! -se dijo enérgicamente. -No puedo amargarme inútilmente justo en este día que trae consigo el motivo de felicidad más grande de toda la historia del universo: Dios, por amor al hombre, se hace hombre y viene a nuestra tierra y a nuestra carne. Dios nace de nuevo en mi corazón, Él está conmigo y yo estoy con Él... Dios está conmigo y yo estoy con Él... -Se repetía esta última frase una y otra vez.

Experimentó cómo poco a poco en su alma volvía a reinar la calma y la nostalgia se esfumaba por completo dando paso a una sensación de dicha indescriptible.

-¡Qué Navidad tan especial! ¡Parece mentira! -siguió pensando. -No tengo más que a Dios y no siento tener necesidad de nada más para estar feliz y tranquilo. Me parece que este calabozo y yo y todo rebosa de Dios. ¿Qué más puedo necesitar? ¡Gracias, Dios mío! -Y lloraba de alegría como un niño.

El estruendo de un bulto que caía su lado y una voz que le deseaba: “Triste y amarga Navidad”, le hicieron abrir los ojos con sobresalto. Era su cena de Noche Buena. Un trozo de pan duro (que no le supo peor que el mejor turrón del mundo) y una botella mediana de agua mineral (que saboreó como champán de primera calidad). Era la primera vez que en Navidad, sin disfrutar de otra cosa, pero con Aquel que no puede faltar en Navidad, sintió que le bastaba y con creces...

Los días en la celda de cemento se hacían eternos para Don Manuel, mientras que en el hogar, para su esposa, pasaban volando. Ya era el 4 de enero y el dinero acababa de completarse con los últimos préstamos. Susana y la policía estaban alerta esperando recibir las instrucciones y pormenores para el rescate.

Esa tarde Susana reunió a sus hijos para decirles que todo estaba listo para liberar a papá. Y que, con la ayuda de Dios, pronto estaría de nuevo en casa. Les dijo además que este año también podían hacer su carta de petición a los Reyes Magos. Pero les dio a entender que quizá en esta ocasión sería mejor que los Reyes les trajeran sus regalos una vez que papá estuviese ya con ellos.

Mientras Susana trabajaba en la cocina, Pedro se fue a hablar “secretamente” con sus dos hermanitas. Parecían estar poniéndose de acuerdo sobre algo. Luego corrió a su cuarto, tomó lápiz y papel y se puso a escribir la carta a los Reyes Magos a nombre suyo y de sus hermanas. Después de la cena, discretamente, la deslizó bajo la puerta del dormitorio de sus padres.

Una vez que Susana había terminado de acostar a sus tres angelitos, se retiró a su habitación. Al entrar tropezó con un sobre azul claro dirigido a los Reyes Magos. Una sonrisa espontánea se encendió en su preocupado rostro iluminándolo por unos instantes. Dejó la carta en la mesita de noche. Terminó de prepararse para dormir y antes de apagar la luz, le entró curiosidad, abrió el sobre y se puso a leer la carta.

“Queridos Reyes Magos:
¿Cómo estáis? Nosotros estamos muy tristes porque unas personas malas han escondido a papá. Y mamá está muy triste. Y no sabemos qué va a pasar.
Yolanda, Pilar y yo ya hemos dado a mamá todos nuestros ahorros para ayudar a rescatar a papá.
Este año no vamos a pediros muchos regalos. No nos importa si no nos traéis ningún juguete. No queremos juguetes ni otras cosas. Queremos solo un regalo y es que vuelva a casa papá. Para que podamos estar felices todos juntos otra vez. Si hace falta que no nos traigáis juguetes nunca más, pues nos da igual.
Por favor, pedirle al Niño Jesús ese regalo para nosotros. Podéis decirle que le prometemos portarnos bien y sacar buenas notas y querer mucho más a papá y a mamá.
Muchas gracias.
Pedro, Yolanda y Pilar.

Con lágrimas en los ojos Susana guardó la carta. Antes de intentar conciliar el sueño, dio gracias a Dios por los hijos que le había concedido y volvió a poner todo en sus manos con sufrida confianza.

El 5 de enero le pareció a Susana el día más largo de su vida. Lo pasó pendiente del teléfono hora tras hora. Eran ya las nueve de la noche y la llamada no llegaba. Comió poquísimo y no había cenado. Paseaba inquieta de un lado a otro del salón. Dieron las doce. Tenía los nervios como alfileres. A las 12.30 sonó el teléfono.

-Sí, sí. Dígame... -dijo ella con voz entrecortada.

-A las 3 en punto de la madrugada en el kilómetro 300 de la carretera A34 y completamente sola -respondió la misma voz ronca y trucada de la otra vez.

-¿Qué garantías tengo de que si les doy el dinero me devuelven con vida a mi esposo? -preguntó ella con marcada ansiedad y preocupación.

-Ninguna -respondió la voz secamente. -De lo único que puede estar segura es de que si no entrega el dinero, no volverá a verlo vivo.

Susana colgó el teléfono. Su frente pálida estaba bañada en sudor frío. Miró el reloj. Le quedaba poco más de dos horas para llegar al kilómetro 300 de una carretera en pésimo estado y que se adentraba en una región totalmente desértica. Tomó consigo el maletín con el dinero y bajó corriendo al garaje para sacar el coche. Depositó el maletín sobre el asiento del copiloto, puso precipitadamente en marcha el automóvil y desapareció entre la neblina que a esas horas envolvía las calles de la ciudad.

Entró en la A34 y puso en cero el cuenta kilómetros. Su reloj marcaba en ese instante la una de la madrugada. Hundió completamente el acelerador y así lo mantuvo mientras pudo, sin importarle que a veces todo el coche temblara ruidosamente por las revoluciones del motor y la cantidad de baches en el asfalto. Devoró el kilómetro 145 cuando daban las dos. Pensó angustiada que a ese ritmo no alcanzaría a llegar a tiempo... Se consoló un poco al ver que la niebla parecía disiparse y había menos curvas en la carretera... Eso le permitiría ir más rápido.

Cuando dejó atrás el kilómetro 295, comenzó a disminuir la velocidad. Eran las 2.56 de la madrugada. La niebla volvió a espesarse de nuevo. Tenía muy pocos metros de visibilidad. Detuvo el coche en el kilómetro 300. Había llegado a tiempo.

Aguardó unos instantes antes de tomar el maletín y salir del automóvil. Una vez fuera, esperó junto a la puerta del conductor. De pronto vio aparecer de entre la niebla alguien encapuchado y con un rifle en las manos que apuntaba hacia ella. Se detuvo a pocos pasos y preguntó:

-¿Ha traído el dinero?

-Sí. ¿Dónde está mi esposo? -contestó ella haciendo un esfuerzo enorme por dominar el miedo.

El hombre hizo un gesto con el brazo y otro individuo, también con el rostro cubierto, se acercó por detrás. Empujaba a Don Manuel que tenía las manos atadas por la espalda y una bolsa de tela oscura cubriéndole la cabeza y atada con una cuerda a su cuello. Vestía únicamente un pantalón corto. Apenas verlo, Susana sintió que su corazón le latía con dolorosa rapidez dentro del pecho. El tipo del rifle indicó que le quitasen el saco de la cabeza. Entonces Susana se adelantó corriendo, tiró el maletín a los pies del sujeto armado y abrazó llorando a su esposo.

Mientras ella lo acariciaba con indescriptible conmoción y cariño, el hombre comprobó que estaba todo el dinero y luego gritó:

-Tenemos el dinero. Larguémonos de aquí.

A eso de las seis y media de la mañana Don Manuel y Susana entraban en su casa sin hacer ruido. Él quería despertar personalmente a sus hijos ese día, después de asearse bien. No hizo caso a su esposa que le insistía en que debía descanar unas horas antes de darles la sorpresa a los pequeños. Entró en el cuarto de baño y hasta él mismo se asustó al mirarse al espejo (tras aquellos días encerrado, comiendo poco y durmiendo mal, y sin poder asearse tenía un aspecto penoso). Una vez que se hubo duchado y afeitado, volvió a ser casi el mismo de antes; pero era evidente que había adelgazado y las ojeras pronunciadas y oscuras que le colgaban de los ojos delataban su comprensible cansancio.

Entró primero en el cuarto de su hijo y encendió la luz con un festivo y sonoro “¡¡Buenos días campeón!!”. Pedro abrió los ojos y al reconocer que era su padre, saltó de la cama y se le arrojó al cuello gritando sin cesar: “¡¡Papá, papá... Has vuelto, papá!!” Sus gritos de alegría despertaron a Pilar y a Yolanda que acudieron corriendo a la habitación y se lanzaron hacia su padre para abrazarlo. Todos lloraban por la emoción. Entonces Don Manuel, al tropezar su vista con un pequeño nacimiento colocado sobre la mesita de noche de Pedro, les dijo:

-Vamos a darle gracias al Niño Jesús por este espléndido regalo de Reyes que hoy nos ha concedido.
Y de rodillas ante aquellas figuritas de Belén, los cinco, con los ojos cerrados y húmedos, elevaron al cielo una sincera oración de gratitud que conmovió el corazón del Niño Dios.