Isaías, el profeta del Adviento

Isaías, profeta del Adviento
Imágenes de San Isaías



Aparentemente, Isaías es el profeta más conocido y, desde luego, el más citado por los evangelistas. Y, sin embargo, el nombre de Isaías designa a varios autores, y los 66 capítulos que integran este libro son producto de una actividad literaria que se extiende a lo largo de varios siglos.
La crítica atribuye a un mismo profeta los capítulos I al 39, los cuales, por otra parte, no todos se deben a la misma mano. Su autor inició su predicación alrededor del año 740, en las postrimerías del reinado de Olías, undécimo sucesor de David en el trono de Jerusalén.

El relato que el profeta hace de su propia vocación explica lo esencial de su mensaje. En el templo, Isaías conoció por experiencia la trascendencia divina: para él, Yahvé es el «Santo de Israel»…, un Dios celoso que no admite rivales, un Dios oculto que desea dirigir la historia con la colaboración del hombre. El profeta exigió de sus coetáneos una fe viril que a veces desdeñaba la razón humana. Hombre de Dios metido en la política de su país, le tocó ejercer su ministerio en un período de la historia de Israel especialmente agitado. El reino de Salomón, de efímera existencia, estaba dividido en dos: Israel en el norte y Judá en el sur. Los sucesores de Salomón, debilitados ya de por sí por sus disputas intestinas, tuvieron que enfrentarse, además, a un enemigo exterior: Asiría. El año 732, Samaría había sucumbido a los repetidos ataques de Teglatfalasar III.

Durante ese tiempo, el rey Ajaz, en Jerusalén, había pedido protección a su vecino asirio. Ahora bien, el momento en el que Ajaz se disponía a alienar la independencia de su país era el mismo en que el profeta había anunciado el nacimiento de Emmanuel (el príncipe Ezequías, quizá). Isaías, conciencia de la nación, no podía admitir, en efecto, que su soberano pusiera en tela de juicio la soberanía de la dinastía elegida. Más tarde se alzará también contra Ezequías, cuando éste se proponga aliarse con Egipto… ¡contra Asiría! Al oportunismo político oponía el profeta las exigencias de la fidelidad; en su opinión, Dios quería la invasión asiría para castigar con ella los pecados del pueblo. Pero Jerusalén debía seguir siendo el centro del mundo y el único trono legítimo: mesianismo y papel universal de la Ciudad santa son dos temas que los discípulos de Isaías repetirán.

El año 587, Jerusalén sucumbió a los ataques de Babilonia, y la población noble siguió al último rey de Judá al destierro. Pero el destino es versátil, y la orgulloso Babilonia tuvo que capitular, a su vez, ante el poderío persa. Como los judíos propendían a ver en los acontecimientos una intervención del dios persa Marduk, un profeta anónimo —al que llamamos el Segundo Isaías— alzó su voz para recordar que Yahvé era el único dueño del mundo y de la historia (c. 40-55) y anunciar el final del destierro y el regreso al país. En efecto, el año 538, un decreto de Ciro puso punto final a la deportación.

El profeta describió el retorno de los exiliados con unos términos que evocaban un éxodo más maravilloso aún que el de Moisés. A los montes del Sinaí substituía una vía triunfal digna de la comitiva de un rey. Yahvé, que había abandonado Jerusalén para estar próximo a su pueblo en el destierro (Ez 10,18-22), tomaba aquella calzada para regresar a su ciudad. El año 537 regresó a Jerusalén un primer contingente integrado por lo más selecto de la nación, con el cometido de poner en pie a los supervivientes de Israel y llevar la luz a los pueblos extranjeros.

Sin embargo, aún estaba lejos la apoteosis anunciada. Los repatriados chocaban con la hostilidad de los que ocupaban el país; Jerusalén no estaba segura: la población miró esa apoteosis con malos ojos durante mucho tiempo, mientras que la restauración del templo iba para largo. Ante la ruina de las esperanzas judías, algunos profetas volvieron a preocuparse de salvar la obra del Segundo Isaías adaptándola a las nuevas circunstancias (ce. 56-66, denominados en su conjunto «Trito-Isaías», Tercer Isaías). Lo esencial de su mensaje ocupa los capítulos 60 al 62, que anuncian la resurrección de Jerusalén.

Varios profetas para un solo nombre; este hecho constituye por sí solo un símbolo. En efecto, si se vio que varios oráculos habían sido desmentidos por los acontecimientos, y si unos discípulos no vacilaron en rehabilitar la predicación de su maestro, el conjunto del mensaje profético da impresión de solidez y continuidad. Es preciso decir que los antiguos consideraban la profecía menos como una predicción que como una promesa, «que conserva su actualidad mientras no se ha cumplido plenamente» (P. Grelot). La fe misma de Israel hacía posible tal extensión, pues ante todo creía en la fidelidad de Dios; para él, la garantía divina persistía por encima de las visicitudes de la historia. ¿No repetía Isaías: «La hierba se seca, la flor se marchita, pero ¡apalabra de nuestro Dios permanece por siempre» (40,8)?

Dios que consuelas a tu pueblo,
Señor, ten piedad.
Pastor que levantas del suelo a los débiles,
Cristo, ten piedad.
Jesús, manso y humilde de corazón,
Señor, ten piedad.
***
Te damos gracias, Dios y Padre nuestro
y cantamos tus maravillas.
Tú llenas los abismos que se abren entre los hombres,

tú trazas el camino en el laberinto de nuestros atolladeros,
y tu mano conduce al exiliado hasta su casa.
Como el sol es fiel a su cita con la aurora,
así haces tú renacer al hombre,
cubres con tu gloria al miserable

y pones en su frente
la diadema de los hijos de Dios.
Escucha, Señor, al universo entero
que se hinche de alegría
para aclamarte y bendecirte.
***
Cuando vienes a nosotros, Señor,

el amor y la verdad se encuentran
la justicia y la paz se besan.
Ven una vez más a unir nuestras manos,
para que construyamos juntos
la
ciudad en la que todo forme cuerpo
en la unidad del amor.
***
Ya está en medio de nosotros

el que es un don de tu gracia.
Señor, Dios nuestro,

tú has puesto en nuestras manos
el cuerpo de tu Hijo,

entregado por el mundo.
Te pedimos que su presencia sea nuestra luz
y que acudamos sin tardanza
a
la cita con tu amor.
Publicado por Franciscanos Valladolid